El viaje
—¿Adónde vas? —preguntó su mujer, ceñuda.
Él no respondió. No sabía a dónde iba.
Sólo quería encontrar un lugar tranquilo, alejarse de la rutina, de los horarios, de las obligaciones, de las facturas impagas que se acumulaban sobre la repisa.
Quería alejarse del hastío de una vida vivida sin razón, sin esperanza de un futuro mejor.
Salió a la calle.
Atrás quedaba el malhumor de su esposa, los gritos de los chicos, los ácidos comentarios de su suegra.
Caminaba sin rumbo, se dejaba llevar por el ritmo nervioso de la multitud que pasaba junto a él, sin siquiera mirarlo.
Llegó a la parada de un colectivo, subió sin mirar a qué línea pertenecía. No le importaba, él no tenía destino fijo.
Se acomodó en un asiento y dejó vagar la mirada. A través de la ventanilla veía desfilar el cambiante panorama de calles y edificios.
De repente, un estruendo, una violenta sacudida, gritos...
Él no lo notó, se había quedado dormido.
Cuando despertó, se dio cuenta de que el colectivo se hallaba detenido, no sabía donde estaba.
Bajó.
Se encontraba en un barrio pobre, con calles estrechas, sucias y oscuras. Apuró el paso. Ese lugar no le gustaba, le recordaba demasiado al barrio de su infancia. Cruzó una plaza donde unos chiquillos jugaban con sus perros. Lo invadió la nostalgia, él también había tenido un perro amigo.
Meneó la cabeza y continuó su marcha.
Al pasar frente a una iglesia, a sus oídos llegaron las voces de un coro que entonaba el Ave María.
Entró.
En ese momento se realizaba una boda.
Vio la emoción en la cara de la novia, la mirada esperanzada del novio, y recordó.
Recordó sus propias esperanzas, las ilusiones que lo habían hecho feliz. Hasta que las luchas cotidianas lo cubrieron todo con un manto de gris amargura.
De regreso en la calle, se topó con una estación de ferrocarril. Un tren detenido parecía estar esperándolo.
Subió al vagón sin pagar el pasaje, algo le decía que no sería necesario.
El vagón estaba repleto de pasajeros de diferentes edades. Lo miraron con indiferencia.
Los más jóvenes parecían asustados, los adultos se veían sorprendidos, sólo los ancianos sonreían, alegres.
El tren se puso en marcha.
Después de un tiempo indefinido, se detuvo. Todos los pasajeros descendieron. Él los siguió, con más curiosidad que interés.
Se hallaba en un amplio espacio que no tenía ninguna semejanza con un andén.
El lugar estaba iluminado con un resplandor que parecía llenar el espacio. Un grupo de niños tocaba dulces melodías con delicados instrumentos. Otro grupo cantaba con voces armoniosas, bien moduladas.
Cada pasajero era recibido por diferentes personas que los saludaban con alegría, como si llevaran mucho tiempo esperándolos.
Algunas de esas personas se acercaron a él. Sorprendido, entre los rostros sonrientes que le daban la bienvenida, reconoció a sus padres, a su hermana mayor, a su mejor amigo...
Un niño se echó en sus brazos. No lo reconoció, pero supo enseguida que se trataba de su hijo no nacido.
Sintió una indescriptible sensación de paz, su espíritu se colmó de serenidad y bienestar.
Entonces, comprendió que había llegado al lugar que, desde hacía años, anhelaba su cansado corazón.
Escrito por Norma Duarte
#Amarilis
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